-Hijo sé que estás padeciendo, y algo grande ha arruinado tu vida. Llegó el momento que confíes plenamente en Dios. Hijo di tus pecados al Dios poderoso..

Él se llevó las manos a la cara huesuda y entre sollozos dijo:

-Padre yo soy una porquería, no soy un ser humano. No sé porque caí tan bajo, si nací en un hogar católico donde me infundieron desde muy niño el amor a Dios, al prójimo y a cumplir los mandamientos de la ley de Dios,

A ratos suspendía para llorar intensamente, sacudiéndose por un ataque de hipo…

Al fin se atrevió a decir:

-Padre yo mandé a matar… al padre de la hija… de mi sobrina… Berlina… que era Rafaelino Menéndez… pero eso no es nada… yo la llevé al pecado desde muy niña y un día le quité la virginidad… pero lo peor padre…

Agarró a llorar desconsoladamente y el sacerdote le exhortó a continuar.

-Padre…lo peor es que para matar… a Rafaelino Menéndez… entregué mi alma al diablo…

Después que dijo esto Domínico Fausto Conrado, sintió una profunda paz y una calma se apoderó de todo el lugar. El padre conmovido con la confesión del enfermo le dijo:

-Hijo mío yo te perdono en nombre del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo…

Dominico Fausto volvió a llorar y señalando al espejo le pidió al sacerdote que retirara el telón rojo que lo cubría. Apenas el sacerdote lo hizo los ojos de Domínico se desorbitaron y lleno de pavor señaló…

-Mire padre ahí está…

Los dos observaron que sobre el espejo aparecieron unos negros nubarrones y entre ellos se abría paso una caja mortuoria cubierta de coronas de flores. El sacerdote roció agua bendita sobre el espejo y dijo en voz alta El Credo. De inmediato se escuchó la siniestra carcajada- Ja ja ja ja ¡Maciurca!- Que hizo volar en añicos el espejo y el Doctor Domínico Fausto Conrado, cayó al piso en medio de grandes convulsiones, lanzando horribles alaridos. El sacerdote corrió y le echo agua bendita en medio del rezo del Credo y poco a poco se fue quedando quieto, pero en vez de un cuerpo humano apareció una pila de huesos nauseabundos que llevó al sacerdote a taparse la nariz y decir finalmente:

-Descansa en paz Dominico Fausto Conrado, que Dios absuelva todos tus pecados.

Mario Ramón Mendoza Mendoza